Steven Spielberg

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Historia de unos hombres valientes


Los parones en las emisiones de series en la televisión norteamericana son, en el fondo, una oportunidad sin igual de dedicar nuestro tiempo a series que, a buen seguro, todos tenemos pendientes. Entre las mías se encontraba, hasta hace unos días una miniserie de hace ¡¡12 años!! con muchas caras conocidas, notables interpretaciones y una producción envidiable que la convierten en una de las grandes del género. Band of Brothers es la nueva serie que ha pasado a mi lista de cosas que debería haber hecho hace tiempo, gracias a las virtudes descritas previamente y lo grato que resulta encontrarse con una historia interesante, llena de grandes momentos y un conjunto de personajes inolvidables.

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Ese grupo está formado por los hombres de la Compañía Easy y uno de sus primeros jefes de sección, el teniente Winters, que en 1944 fueron enviados por el Ejército de los Estados Unidos a Europa para hacer frente a la amenaza nazi que se cernía sobre el continente y que encabezada Adolf Hitler. Jóvenes dispuestos a saltar sobre el enemigo por cuestiones económicas o sociales, voluntarios que parecen dispuestos a todo por una victoria que termine con los desafíos lanzados por regímenes totalitarios, Band of Brothers comienza horas antes de una de las jornadas clave de la II Guerra Mundial, el 6 de junio, el Día D. Muy pronto descubrimos que no todos son buenos en el lado bueno, que los galones no hacen la valentía, ni frenan la cordura, y que ante nosotros se encuentran unos hombres dispuestos a acabar con sus propias carreras si creen que no se aplican medidas justas con los suyos. Las personas ideales con las que irse a un lugar tan desagradable como es la guerra.

El prometedor comienzo no se detiene con el paso de los capítulos, y aunque éste conflicto lo hemos podido ver en multitud de ocasiones en la gran pantalla, la producción de Steven Spielberg y Tom Hanks no pierde interés en ningún momento. Tras la llegada de la Compañía Easy a tierras galas, la acción se traslada a Holanda, donde la población llevaba cuatro años sufriendo el régimen de Hitler, y regresa a Francia para defender con valentía Bastogne. A partir de ahí, el infierno en la nieve, una lucha sin tregua por causas en las que quizá el cansancio ya no les deja creer, y en la mente humana, en forma de inesperados campos de concentración que resultan increíbles a los ojos de unos hombres que ya creían haberlo visto todo. Un año después de su llegada a Europa se atisba el final de la contienda, se intenta sacar provecho de la aventura y se observa el futuro con miedo y con esperanza, lamentando algunos el tiempo perdido.

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En ese intenso viaje en el que la violencia no da respiro, las estaciones se suceden y el ruido de la muerte lo rompen las armas que lo provocan, los hombres se mantienen unidos sin rendirse y sin, porqué no decirlo, perder la cabeza. Con el Teniente Winters como guía, los soldados llevan a cabo su labor como se espera de ellos, sin cuestionar órdenes ni hacer preguntas. Al relato conjunto se une la historia personal de algunos de los miembros de la Compañía Easy, acercándonos así a las vivencias íntimas de unos hombres que en muy poco tiempo tuvieron que asumir que su misión era combatir al precio que fuese. La agotadora labor de aquellos que trabajan por la salud de los demás, el limbo en el que se sumen los que no aceptan la realidad que les rodea o el compromiso que asumen con sus compañeros, que va más allá de sus obligaciones, nos acercan a una historia en la que los hombres que la protagonizaron siempre tuvieron un momento para detenerse a ayudar un compañero.

Basada en el libro homónimo de Stephen Ambrose, la producción de la HBO es una delicia para los paladares televisivos más exigentes, algo lógico por otra parte a la vista de los ingredientes que la componen. Band of Brothers es una oportunidad como pocas de acercarse a la II Guerra Mundial desde una perspectiva más cercana y extensa que muchos de los largometrajes previos del género, descubriendo algunas de las operaciones más importantes de la contienda y otros hechos menores, aunque igual de importantes, para aquellos que los vivieron.  Y es también un merecido homenaje a aquellos hombres que se dejaron la piel en el campo de batalla, que daban vida y forma a las operaciones de altos mandos a los que les quedaba lejos el tiempo en el que empuñaron un arma, los hombres que hicieron posible que el mal no venciese, sin tener en cuenta lo que suponía para ellos ni pararse a pensar en cuál era el rédito de todo aquello.

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El placer que supone encontrar un trabajo tan magnífico como éste es aún mayor si tenemos en cuenta la correcta discreción que caracteriza las series de estreno de los últimos tiempos. Si además nos paramos a pensar en la cantidad de caras conocidas, y de personajes “eternos”, que encontramos en ésta producción, la sensación no puede ser mejor. Para bien y para mal, respectivamente, a partir de ahora nunca podré ver de la misma forma a Damian Lewis y David Schwimmer. Michael Cudlitz, Neal McDonough, Scott Grimes o Ross McCall son otras de las caras conocidas que los habituales de la pequeña podemos reconocer en el reparto, donde también se encuentra uno de los intérpretes de moda, Michael Fassbender, que prácticamente debutó en la pantalla con este trabajo. Pero son sólo algunos de los nombres que encontramos en un elenco tan extenso como acertado, que contribuyó sin duda a engrandecer la calidad de la obra. Band of Brothers es, en definitiva y por si aún no había quedado claro, una serie imprescindible para los amantes de la televisión, el cine bélico y las grandes historias bien contadas.

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Empresarios e intérpretes


A pesar de que la vida de las estrellas de la televisión parece, en muchas ocasiones, una carrera de obstáculos entre rodajes, promociones, acuerdos publicitarios y entregas de premios, hay quien todavía tiene tiempo de emprender y destinar parte de sus ganancias a abrir nuevos negocios. El último en unirse a esta corriente ha sido el actor Wendell Pierce, protagonista de series como The Wire y  Treme.

Precisamente ha sido en el rodaje de esta última, donde el intérprete nacido en Nueva Orleans ha tenido la oportunidad de conocer, de primera mano, la situación de su ciudad natal tras el paso del huracán Katrina en 2005. La carencia de productos saludables en los barrios periféricos ha llevado a Pierce a preparar la apertura de una cadena de supermercados con productos de calidad y a bajo precio, que revitalice las zonas y se preocupe por la salud de los vecinos.

De apariencia menos sana son los nuevos negocios que prepara el productor de Entourage y Boardwalk Empire, Mark Wahlberg. El también actor ha reconocido recientemente que entre sus próximos planes está abrir una cadena de hamburgueserías en Reino Unido. Wahlberg ha tomado esta decisión a la vista de la buena acogida de  su restaurante en Massachusetts, el Wahlburger,  que vende más de mil hamburguesas diarias. Sin embargo, las incursiones en otros negocios de actores se ha saldado con numerosos fracasos. En el negocio de la hostelería, que en los años 90 vivió su momento su momento álgido entre las estrellas de Hollywood, han probado suerte Eva Longoria, Woody Harrelson o Kevin Costner, entre otros. Si la protagonista de Mujeres Desesperadas tuvo que cerrar sólo un mes después de la inauguración, el actor de Cheers no corrió mejor suerte con su bar de óxigeno en Sunset Boulevard. Por su parte Costner, que próximamente protagonizará un drama histórico en History Channel, ostenta el dudoso honor de ser uno de los empresarios más exitosos del panorama audiovisual, gracias a The Clubhouse, que funcionó durante una década.

Empresarios de televisión y directores también tienen tiempo de invertir en restaurantes a los que imprimen su marca personal. Por un lado, Ted Turner posee la cadena Ted´s Montana Grill, restaurantes especializados en carne de bisonte presentes en dieciséis estados. Por otro, Steven Spielberg, que en 1994 probó suerte con Dive! un restaurante temático con forma de submarino, en Los Ángeles. Un año después abrió en Las Vegas y Barcelona, pero el descenso de las ventas obligó a cerrar en 1999.  Pero los negocios de los actores no giran únicamente entorno a la comida. Natalie Portman probó suerte en el año 2008 con una línea de calzado respetuoso con los animales junto al diseñador Té Casan, pero los altos precios de los zapatos provocaron el cese del negocio en diciembre. Por su parte Mandy Moore fundó en 2005 su propia línea de ropa, que en 2009, y a pesar de venderse en tiendas de todo Estados Unidos, cerró sus puertas porque la actriz quería centrarse en su carrera musical.

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De referencias, fracasos y expectativas


La mayor parte de los problemas del mundo nacen por la innecesaria, pero frecuente, obligatoriedad de “ser cómo”. Desde muy pequeños, los seres humanos aprendemos a partir de la comparación: tus padres te dicen que algo sabe cómo una comida que te gusta, tus profes te recomiendan libros a partir de otros que han estado de moda, y vas al cine confiando en lo que te ha dicho una amiga, que sabe que la última de no sé qué actor te encantó. Y creces, y la vida sigue igual, buscando referencias agradables que te motiven a abrir un libro, probar un restaurante o ver alguna serie. Pero ya no sabes qué fue antes, si las recomendaciones de tus amigos encabezadas con la frase “Si te gustó X te gustará Y” o el manido recurso publicitario “De los creadores de Y llega X”.  Y una y otra vez persistimos en el error, creyendo que “algo” será igual que un “algo” anterior, cuando es imposible que lo sea, por multitud de razones que abarcan desde el estado anímico del espectador/lector hasta la incomodidad que supone la existencia de ese precendente, para bien o para mal.

Con los upfronts de mayo a la vuelta de la esquina volvemos la vista atrás y nos encontramos con un puñado de series que no volverán, y en las que hace unos meses teníamos depositadas grandes esperanzas. Otras volverán, por razones que sólo los directivos de las cadenas conocen, porque se han ido desinflando con el paso de los capítulos, ya nadie suspira por un nuevo episodio y algunos pocos los sufrimos, con la esperanza de que la serie recobre el brillo que algún día nos pareció ver. En este último caso encontramos a la ya renovada Smash, una producción muy esperada gracias a su género, su elenco y su planteamiento, pero que no ha evolucionado durante una decena de capítulos, y ha ido acumulando defectos tras cada secuencia. Con menos de seis millones de espectadores por capítulo, la NBC apuesta por la continuidad, a pesar de la renuncia de la creadora, Theresa Rebeck, y las cada vez más abundantes críticas.

Entre las que no volverán se encuentran dos de las producciones más esperadas del pasado otoño, The PlayBoy Club y Pan Am. Nacidas a la inevitable sombra de Mad Men, por aquello de la época, la estética y la estúpida necesidad de utilizar un referente que arrope a la serie antes de su estreno, y desnude sus vergüenzas meses después. Mientras que la primera no pasó del tercer episodio, porque no basta con querer hacer una serie, también hay que saber, la segunda terminó, pero quizá muera de olvido, si la ABC la obvia el próximo 15 de mayo, cuando anuncie sus apuestas televisivas para el nuevo curso 2012-2013. En ambos casos el fracaso de las cadenas fue mayúsculo, como también lo son los trabajos de JJ. Abrams tras el final de Lost. Undercovers, en 2011 y Person of Interest y Alcatraz esta temporada han sufrido el síndrome del “hermano mayor perfecto” ese ser al que todo el mundo adora pero que nunca llegarán a ser. Algo similar sucede con las producciones del Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg, que gracias a sus películas y sus magníficas series junto a Tom Hanks, levanta a su alrededor una expectación probablemente innecesaria que recientemente ha perjudicado, más que ayudado, a Falling Skies o Terra Nova.

Esa expectación innecesaria nace de la necesidad que tienen las cadenas de rentabilizar un producto en el que depositan grandes esperanzas, ahora que las series de televisión están de moda y nunca se sabe donde puede nacer un nuevo éxito que nos convoque a propios y ajenos frente a una pantalla. El éxito que en los últimos cinco años ha cosechado inesperadamente la AMC, gracias a Breaking Bad, Mad Men o The Walking Dead, mata de envidia a las cadenas tradicionales, que necesitan crear ruido alrededor de sus apuestas, más necesitadas de telespectadores que las libertinas cadenas de cable. Y la ABC o la FOX se agarran al recuerdo de épocas pasadas, como cuando en 2004 surgieron, inesperadamente, un conjunto de buenas producciones que contribuyeron a reafirmar el buen momento de la televisión norteamericana.

El éxito de los estrenos, asentado en el hype mediático, las redes sociales y las diversas posibilidades publicitarias que sobreexplotan las cadenas, no resulta suficiente para convocar una audiencia digna semanas después, por mucho que se esfuercen en introducir giros de guión o atraer a estrellas de cine. Y desde mi punto de vista, la acuciante necesidad de crear una serie a la altura de una precedente, sólo contribuye a perjudicar al sector, que con cada fracaso desvela una ansiedad que condena a futuras buenas producciones. Porque cuando nacieron Los Soprano, House, Lost, Mad Men o Modern Family no lo hicieron con un pan bajo el brazo, ni sufrieron ese incómodo síndrome que a otras no dejan crecer. Queridas cadenas, queridos creadores, somos muchos los que hemos escogido las series como forma de entretenimiento, y seguiremos ahí, sabiendo que podemos encontrar grandes momentos de ficción y no esperando ver algo similar a lo que ya hemos visto.

Falling Skies: los aliens toman la pantalla de nuevo


Esta noche la cadena TNT estrenará en España una de las producciones más esperadas de la temporada. Y probablemente la principal razón de esta expectación es su creador, el tantas veces proclamado Rey Midas de Hollywood que con los años ha ido acrecentando su presencia en la televisión, Steven Spielberg. Acompañado de Robert Rodat y producido por DreamWorks Television, la serie fue estrenada el pasado domingo 19 en EEUU y es uno de las premiéres más vistas del “curso” televisivo, por delante de The Walking Dead, con 5,9 millones de espectadores, además del mejor estreno de una cadena por cable. Con diez capítulos por delante para decidir, los dos primeros ya han servido para adivinar lo que nos espera en los próximos meses.


La serie tiene como protagonista a Noah Wyle, el Dr. Carter de la siempre destacable E.R, en el papel de Tom Manson, un padre de familia viudo que ha sobrevivido a una invasión extraterrestre y lucha contra los aliens para proteger a sus hijos, recuperar a uno de ellos y, esencialmente, sobrevivir. Profesor de historia antes de la invasión, Tom no pierde la ocasión de aplicar todos sus conocimientos estratégicos a la hora de luchar, como hacen algunos de sus compañeros de fatigas, ya sean éstos ex-militares o pandilleros. En su faceta de padre, lucha junto a su hijo mayor por encontrar al mediano, mientras el pequeño trata de superar el trauma y desea que todo vuelva a la normalidad.

Falling Skies, en sus primeros minutos, ya huele a Lost sin isla, pero con su propio humo negro, a Flashforward sin reloj, pero con sus cosas inexplicables y desconocidas, a The Walking Dead sin zombies pero con su propio miedo a recorrer calles desiertas y deterioradas por un ataque apocalíptico. Y tampoco parece que vaya a ser su montaje, su fotografía o su banda sonora la que haga de ella una historia diferente y memorable, surgiendo entonces la certeza de que el mundo televisivo (y quizá también el cinematográfico) de la ciencia ficción, es estrecho y poco manejable.

Tema aparte son ciertos guiños y dudas que surgen a lo largo de los dos capítulos de estreno: ¿No se les ha ido la mano con la pluralidad cultural, pareciendo un anuncio de Benetton en su versión “fin del mundo”? ¿Es un homenaje a E.T la pregunta de Karen, rubia y dulce, ante el alien vencido “Me pregunto qué estará pensando”? ¿No hay posibilidades de que un héroe llegue a serlo sin perder a ningún miembro de su familia? ¿Es un hecho que las rubias son guerreras y las morenas científicas (en cualquiera de sus versiones)? Y aunque la duda no es mía, también la dejo por aquí ¿no es posible dejar de lado a los niños y sus dibujos traumatizados?

Para aquellos que huyan de los tópicos propios de las producciones en las que los americanos salvan el mundo, Falling Skies no es su serie. Para los que quieran desconectar a base de escenas de acción, peligros inminentes y el azúcar propio de los dramas familiares, esta superproducción futurista, que se rumorea que ya podría tener confirmada su segunda temporada, es su serie. Yo, por mi parte, seguiré al otro lado de la pantalla con la esperanza de encontrar algo nuevo, mientras sonrío embobada por haber encontrado de nuevo al siempre adorable Noah Wyle. Aunque hay amores que no sobreviven a un ataque alienígena.